El triunfo del organillo. La derrota de la dulzaina.
El organillo tiene su origen en Europa, especialmente en Italia y Alemania, donde en el siglo XVIII surgieron instrumentos mecánicos capaces de reproducir música sin intérprete. Con el tiempo evolucionaron hasta convertirse en organillos portátiles para tocar en la calle.
Llegó a Madrid a finales del siglo XIX de la mano del constructor italiano Luis Apruzzese, quien se estableció en la ciudad y fabricó organillos adaptados al gusto madrileño, con repertorios como chotis, pasodobles y zarzuela, impulsando así su popularización.
Aunque la figura del organillero está asociada a la cultura madrileña, su presencia se extendió a otras ciudades y pueblos de España. Toledo y su provincia no fueron una excepción, como demuestra esta historia que, aunque ficticia y centrada en temas de la moral, bien podría representar —tal y como explicó el maestro Agapito Marazuela— la irrupción de la música mecánica en detrimento de la música tradicional, que ya se encontraba en retroceso durante el primer cuarto del siglo XX.
NOTAS SOCIALES.
No
tenemos derecho a no educar a nuestros hijos.
Gasparia
El
vetusto órgano de la iglesia del pueblo, dejó caer las ultimas
notas con que había acompañado al sencillo himno a la Virgen María,
después de rezado el santo Rosario y mientras las personas mayores
iban saliendo, un nutrido grupo de muchachas se dirigió a la
sacristía, donde las había precedido el anciano sacerdote a quien
Dios confío el cuidado de las almas de aquella parroquia, eran las
Hijas de María.
Paternalmente, con todo el afecto e interés del
pastor por lo más escogido de su rebaño, las exponía todos los
Domingos las bellezas de una virtud, o las felicidades de una
perfección, y al despedirse de ellas les decía siempre, desde la
puerta del templo, con la misma voz, impregnada de afecto y buen
deseo:
-Adiós, adiós, a distraerse honestamente y que no sepa yo
que ninguna queda por las calles sin sus padres después de
anochecido.
Y bandadas de palomas, después de una corta y
animada charla, se disgregaban felices, para volverse a reunir la
mayor parte, más avanzada la tarde, en torno de la alegre dulzaina,
que en la plaza del pueblo reunía a la juventud que honestamente
bailaba, a la luz del día, hasta que ésta se amortiguaba, bajo el
cuidado vigilante de los padres y las autoridades.
Aquel día
en la plaza del baile, hubo una novedad a todos agradable.
En uno
de los extremos, como con cierta timidez, se había colocado un
organillo, un pequeño organillo traído de la ciudad para un bautizo
de rumbo, y terminado su cometido se dirigió a la plaza, con la
esperanza de poder sacar unas cuantas monedas antes de
marcharse.
Esperó impaciente a que los dulzaineros terminaran su
primera pieza, y arremetió luego con sus alegres notas, un aire
exótico, pero excitante y pegajoso.
La juventud marchó curiosa
hacia el organillo, escuchó complacida un buen espacio, y dándose
cuenta de que aquel aire se podía bailar tan bien, bailó al aire
del organillo.
Cuando este terminó, los dulzaineros llamaron a
los bailadores con la más atractiva jota de su repertorio, pero la
juventud no se movía; alarmados levantaron el tono y pusieron en su
ejecución todo el cuidado de sus limitadas facultades, pero los
jóvenes continuaron indiferentes; apenas si alguna pareja en el
vagar de su paseo, llegó hasta los alarmados artistas, sin pensar en
aceptar la invitación de sus tradicionales aires.
Sin dejarlos
terminar, el organillo, seguro de su triunfo, lanzó al espacio un
nuevo aire, y el público comenzó a bailar en su alrededor.
Los
dulzaineros cesaron bruscamente, para retirarse avergonzados.
¡Estaban sólos!
Los muchachos contrataron el organillo para todos los Domingos.
El señor cura al saberlo tuvo un presentimiento.
-No me gusta el organillo, no me gusta el organillo. ¿Por qué no seguir con la tradicional dulzaina?
Clamaron los dulzaineros ante el alcalde; pero apareció Pilatos y perdieron el pleito.
-A los muchachos les gusta más el organillo; no les vamos a meter la dulzaina a la fuerza; además lo pagan ellos.
Luego vino el remate de la sesión del Concejo.
-Puesto puesto que los chicos pagan el organillo y no quieren la dulzaina, suprimamos la subvención que el Ayuntamiento da la dulzaina.
Y se acabó la dulzaina para siempre.
Los presentimientos del señor cura eran desgraciadamente muy fundados.
Llovía una tarde, y en vez de resignarse a suprimir el baile, como era costumbre en tales casos, ante la facilidad de utilizar el organillo en locales cerrados, se buscó una panera y se pudo bailar, honestamente, sí, pero ya lejos de la mayoría de los padres que preferían refugiarse en otros puntos más tranquilos, y de las autoridades también, que no habían de encerrarse allí toda la tarde.
La costumbre quedó establecida para todos los días malos; después se bailó también en la panera en los días buenos; después se introdujo el «agarrao» con todas sus consecuencias.
El señor cura levanta los brazos al cielo.
Hecho de menos ovejas escogidas, mi rebaño disminuye.
Y apostrofaba en vano a los padres, y a los hijos, y a las autoridades, desde el púlpito, llamándolas al deber en nombre de Dios.
El organillo había triunfado
Antonio Monedero.
Escrito por Diego Caerols y corregido por José Manuel Valle.
-Información del organillo extraida de https://gatopormadrid.com/2022/10/23/organillo-instrumento-madrileno-madrid-castizo/
-Foto extraida de Toledo Olvidado. Eduardo Sánchez Butragueño. Organillero en la plaza de Zocodover de Toledo en julio de 1932 fotografiado por Willy Pragher © Landesarchiv Baden-Württemberg.
-Historia aparecida en El Castellano. Año XVIII. Nº 3981. 24 de Octubre de 1922.


Comentarios
Publicar un comentario