La Mata en 1927. La dulzaina con los Mayordomos de San Sebastian.

 

La Mata en 1927. La dulzaina con los Mayordomos de San Sebastián.

Recreación de la procesión de San Sebastián de La Mata en el año 1927.

Entre las fuentes históricas más relevantes, tanto por su antigüedad como por la minuciosa descripción que ofrece de la fiesta de los Mayordomos de San Sebastián, destaca un documento fechado el 28 de marzo de 1927. Este texto constituye uno de los relatos más completos para comprender cómo se desarrollaban estas celebraciones hace aproximadamente cien años. Su autor, Quintín Juárez, se desplazó ese año a La Mata y dejó constancia detallada de todos los aspectos de la festividad. Gracias a este testimonio es posible conocer que, durante el primer cuarto del siglo XX, la música de las fiestas estuvo dominada exclusivamente por la dulzaina y el tamboril a lo largo de todas las jornadas, antes de que, ya en la posguerra, se incorporaran instrumentos como el clarinete y el saxofón.



Columna del diario católico El Castellano del 28 de Marzo de 1927.




TRADICIONES DE LA PROVINCIA

"Los Mayordomos de San Sebastián„ en La Mata¹

Ha llegado, como todos los años, en sucesión voltaria la víspera de San Ildefonso. Los mayordomos de San Sebastián terminan de prisa y corriendo los preparativos de su fiesta. Parece un contrasentido, una cosa ilógica, que llevando la mayordomía el nombre del Santo guerrero y mártir, haciendo la fiesta en su honor, se verifique en los días conmemorativos del santo arzobispo toledano.

 Los mayordomos de San Sebastián son siempre trece, con sus respectivas mujeres, nombrados por el cura párroco, cuando llevan tres años de casados, y se renuevan cada uno. El que ya lo ha sido, no vuelve a serlo, a no ser que enviude y reincida en el matrimonio. Así es también respecto a las mujeres. Es una obligación ineludible, a la que nadie escapa, y tan estrechamente se lleva, que todo vecino casado es necesariamente mayordomo de San Sebastián, y todos al casarse cuentan con ello, y hasta los forasteros avecindados en el pueblo forman en la mayordomía al ser nombrados, con la alegría y contento de los indígenas.

El señor cura, por sí y ante sí, sin limitación alguna de su autoridad, lleva el cuidado y obligación de nombrarlos, sin que nunca haya habido quién se niegue, aunque de nada serviría ello. Todos aceptan con ánimo de cumplir su obligación cuando llegue el día, si lutos, enfermedades o agobios del momento no se lo impiden.

Han hecho ya los buñuelos, de los que reparten a sus amistades y personas de su afecto alguna parte, quedándose aún con varias banastas de ellos para obsequiar durante la fiesta a sus compañeros de mayordomía. También han hecho piñote en roscas, cortadillos bien azucarados, y se han provisto de vino y licores para el obsequio mutuo y regalo de la cofradía.


Después de vísperas y el refresco consiguiente, han bailoteado un poco y luego cenado en amor y compaña, los que se divierten, porque no todos, por causas ajenas a su voluntad, lo hacen. Esperan que el toque de la campana les señale la hora de empezar la diversión, en la que ya se han iniciado desde las primeras horas de la tarde.

Las campanas han lanzado al espacio el toque de oración; en la noche clara y serena el eco resuena llorón y quejumbroso como lamento de gigantes. La dulzaina lánguida y dulzona las responde llamando a los mayordomos. Acuden éstos y empieza la danza a la puerta misma del mayordomo mayor. Calle adelante va hacia la plaza, donde en apretados haces se amontona la leña que ha de ser quemada. Suena la voz de mando del mayordomo mayor, y de una pira dispuesta en el centro salen las llamas chispeantes como lenguas que se agrandan y elevan hacia el cielo.

Y empieza la danza.

Un hombre se ocupa solícito en alimentar la hoguera para que las llamas no decrezcan, para que el fuego no disminuya, mientras los mayordomos siguen bailando a la redonda, dando vueltas a la luminaria, recibiendo el calor y las chispas que de ella de desprenden.

Y cantan a voz en grito en confusión loca, donde las voces de ellos abaritonadas se mezclan con las atipladas de las mujeres. Tras un romance viene otro, y luego otro y otro, y cuando el repertorio ha dado fin, empiezan de nuevo con el primero, y así siempre. Y siguen bailando.

El efecto para el espectador es fantástico: la luminaria con sus tonos amarillos, rojos y azulados; los mayordomos cual diablos locos corriendo y gesticulando en sus bailes, como si persiguieran una quimera en carrera inacabable, en la que nunca se llega a la meta; los curiosos-todo el pueblo-formando un inmenso círculo, cuyo centro es la hoguera, y el espacio que dejan libre para la danza de los mayordomos; las llamas que se estiran y retuercen a lo alto, pintando en los rostros las más raras tonalidades, desfigurándolas, desorbitándolas, haciéndolas hacer muecas y visajes insólitos y extravagantes.

Parece una cosa de ensueño, de pesadilla dantesca; una vorágine que nos atrae y subyuga, nos enloquece, y acabará por absorber a los circunstantes, los envolverá entre sus llamas y acabará devorándoles.

Otras veces se nos antoja que la locura se apodera de nosotros, que nuestros pies empiezan a moverse, que siguen el compás de la dulzaina; nos aturde el tan tan del tambor, y tememos ir mezclados con los mayordomos, cantando y bailando.

Dura la obsesión tanto como la luminaria, y cuando la leña ha sido quemada toda, cuando solamente queda un ingente montón de ascuas y los mayordomos se retiran y retornan en la misma forma que vinieron, nos tranquilizamos y recobramos nuestra ecuanimidad.

Han cumplido la primera parte del programa de su fiesta; del programa intangible y eterno de esta mayordomía, de cuyo origen no tienen noticias ciertas ninguna persona viva. Por la mañana han vestido al santo. ¡Vestir al santo! ¿Habéis oído anacronismo mayor? Tal vez creáis que esto consistirá en cubrir su imagen con regias vestiduras, calzarla el coturno, tocarla con corona real, adornarla, en fin, con todas las galas, pompas y vanidades de los mortales.

No hay tal por mi vida. Consiste simplemente en atar al tronco figurado, donde aprisionado se halla, un ramo grande de oliva, naranjo u otro cualquier vegetal, adornado con cintas de gayos colores, cascabeles, campanitas de plata, y cruzarle con banda nueva, en la que luce el gusto y riqueza de la mayordoma mayor.

En esto consiste en vestir al Santo, y así ataviado saldrá a la mañana siguiente en procesión, llevado en hombros por los mayordomos y escoltado por la música y mayordomas que le rodean. Han celebrado por la tarde las vísperas; al toque de ánimas han hecho la legendaria luminaria, y ahora, que es media noche, por filo se retiran a acostar, pensando que es bueno dormir un poco para tener los cuerpos descansados y ágiles, dispuestos al bailoteo de los días siguientes.

Amanece. El día se presenta claro, sin una nube en el cielo. El padre sol promete regalarnos un día sereno y tibio, de los muchos que en esta región disfrutamos en esta época. Estamos en el propio día de la fiesta.

La dulzaina-buzaina la llaman aquí-y su inseparable el tambor, suena por las calles del pueblo, avisando con la diana obligada en todo festejo, que empezaba la fiesta. No hacía falta esto para que los mateños arrojaran las sabanas lejos de sí y salieran a la calle. Hay que prepararse para la misa mayor, donde el señor cura nombrará los mayordomos para el año venidero.

El pueblo en masa acude a ésta y a la procesión, cumpliendo con ello con el precepto cristiano y con su curiosidad. Con esto termina la parte religiosa y empieza la parte pagana que esta fiesta tiene.

Después del refresco y de llevar al señor cura a su casa, quedan los mayordomos en libertad absoluta, y allí mismo, a la puerta del cura, empiezan sus danzas.

Lanza el tambor sus acompasados redobles y la dulzaina da al aire sus agudas y chillonas notas, iniciando la cantinela lánguida y triste que dice:

De laurel es la rama
de verde laurel,
de laurel siempre verde
como mi querer;
la rama de laurel.

¡Prisionerito,
mi amante está en Argel,
Jesús, que dolor!
¡Prisionerito,
cautivo está mi amor!

Los mayordomos, palmoteando a compás de la música, bailan yendo y viniendo, en constante alejarse y acercarse a los músicos por calles y plazas; todas son testigos de sus danzas y cantares, que siempre son los mismos con la monotonía de las cosas viejas, viejísimas, que se heredan de padres a hijos, de generación en generación, y que se guardan como oro en paño, en el arca de sus recuerdo, en lo recóndito del corazón, como sacrosanto depósito que luego han de legar a sus hijos.

Siguen los mayordomos su danza de calle en calle y de éstas en plazuelas. La dulzaina inicia un cambio de compás, otro aire popular sale de su cónica figura acabada por la flexible pipa. Los mayordomos, a la redonda, empiezan el alalá moruno-todo es moruno en esta fiesta, desde el romance con motivos de la cautividad de Argel, hasta la danza que recuerda otras morunas-elevando los brazos, bajándolos luego, los cuerpos en flexión, y en seguida una vuelta a la redonda en la que los músicos con el centro, están quietos, inconmovibles, mientras los danzantes, cantando el  «la ra la ra, la ra la ra », danzan a su alrededor.

El mayordomo mayor da la voz de marcha y canta de nuevo:
De laurel es la rama, etc.
Le siguen todos palmoteando, las mujeres delante, los hombres detrás y por último los músicos. Acabado el romance la mayordoma mayor, que también tiene sus iniciativas como soberana consorte de la fiesta, lanza al aire una parodia del romance dicho:

Una vez que fuí novia
perdí el rosario,
otra vez que lo sea
tendré cuidado,
la rama de laurel, etc.

Las hacen dúo los hombres-son galantes y no hacen cuestión de gabinete la alusión a su falta en otra mayordomía-, pero se la guardan para contestar cuando se les presente la ocasión. En un cruce de calles otra danza a la redonda, otros cantares y adelante a una casa de mayordomo, porque es obligado entrar en casa de ellos, y aún se puede decir que este danzar de calle en calle, de ir venir, obedece a ello, donde toman un cortadillo, un poco de piñonate, un trago de vino y en marcha a otra parte con sus danzas y cantares.

Ahora son los mayordomos los que devuelven la pelota a sus consortes  con una copla también popular de invención, humorística y zumbona:

Con aceite y vinagra
y un par de migas,
se crían los muchachos
cual las encinas;
la rama del laurel, etc.

Pasan dos horas, tres, diez y los mayordomos incansables, con los cuerpos sudorosos, el aliento jadeante siguen sin rendirse, sin entregarse; allí está el mayordomo mayor para animarlos, para azuzarlos y si es preciso mandarlos y aún castigarlos con multas que humildes pagan. ¡Tal es la costumbre que hace la ley! Ninguno se queja, ninguno se rebela, nadie protesta, todos son dóciles, todos se doblegan, a todos les anima el mismo propósito, el esplendor de la fiesta. Son sacerdotes de un culto ancestral que nadie sabe de donde viene, cuál es su origen, cuál es su Dios, pero conocen su objeto, saben su fin y hoy son ellos los que ofician para que mañana oficien otros, y así siempre, siempre, mientras el pueblo sea pueblo. Así ha sido tal le han conocido y así le dejarán.

Llega la tarde. El sol, como padre amante, envía sus rayos entibiando con su calorcilla la crudeza del tiempo. Ahora es la plaza el escenario donde ha de desarrollarse la fiesta. Desde bien temprano acuden los vecinos, atraídos por el son de la música que suena rítmica y monótona. Ya no es el romance morisco, ni las coplas zumbonas y populares, sino  las seguidillas manchegas, alegres y desenfadas las que entonan.
QUINTIN JUAREZ





TRADICIONES DE LA PROVINCIA

«Los Mayordomos de San Sebastián»²
(CONTINUACIÓN)

El mayordomo mayor, que porta una larga vara que lleva con más orgullo que si empuñara un bastón de mando, organiza el baile. Los mayordomos y sus parejas forman el redondel. El tambor ataca la danza y la dulzaina entona los primeros compases de las seguidillas.

Al iniciar iniciar el cantable los bailarines, levantados los brazos, llevan el compás con ágiles trenzados de pies y dan rápidas vueltas, bien marcados los puntos. En todos los rostros hay alegría y contento.

Bien pronto las mocitas y mozos entran en corro, se mezclan con los mayordomos y bailan con ello en el redondel. A poco el número de bailarines aumenta y un poco más tarde no hay espectadores; todos bailan, excepto los viejos, niños y personas de respeto en el pueblo.

Un cambio brusco e inesperado de la dulzaina hace arremolinarse a los mayordomos y huir a los bailarines. Arremeten al mayor aquellos y sosteniéndole en sus robustos brazos como sobre un pavés, imponen silencio.

Empiezan las coplillas que sobre aquella tribuna, cual trono  improvisado, han de declamar todos. El mayordomo mayor, carraspeando, se recoge un momento en sí y trata de recordar alguna de las coplas que a prevención llevaba aprendidas.

No debe salirle bien la cosa, porque tarda; los que le sostienen le animan e invitan a que acabe pronto. Al fin se arranca el hombre, no se sabe si con la aprendida de antemano o con la que ha repentizado ahora.

Glorioso San Sebastián,
yo te pido con fervor,
que nos des fuerzas a todos
para acabar la función.

Un redoble del tambor y una nota aguda y sostenida de la dulzaina es el colofón de la coplilla, que unos aplauden, otros ríen y todos celebran. Inmediatamente es elevado otro mayordomo. Este trae bien aprendida la lección, porque sin pararse, ni mirar a nadie, con precipitación delatora de que no fía en la memoria y está deseando librarla del astre que la ha echado grita.

Glorioso San Alfonso,
si mi suegra sigue así
no tendré paz en mi casa
ni mucho podré vivir.

Otro golpe de tambor y dulzaina, risas, aplausos y otro al pavés.

Ahora que estoy en lo alto
le digo al santo Bastián
que ya que mi mujer traga
que hijos no me traiga más.

Más música y otro más a lo alto.

Todos decís vuestras cosas
y yo he de decir al Santo
que toos sois unos borregos
y no sirve bailar tanto.

Cuando mayor es el tumulto y la algazara, cuando el regocijo es general y el contento unánime se oye una música lejana que se va acercando. Se oye también cantar, ya jotas pueblerinas, ya los romances de los mayordomos. Quedan éstos un poco en suspenso.

Por una de las bocacalles de la plaza irrumpe una cuadrilla numerosa tañendo guitarras, panderos, hierros y otros instrumentos burdos y ramplones, pero sonantes. Son los mayordomos nombrados para el año venidero. Sin pararse cruzan la plaza mientras los del redondel están ojo avizor. En un rincón apartado forman un corro y bailan agarrados a sus compañeras.

El público se divide y mientras unos quedan quietos, otros corren al lado de los mayordomos nuevos, a los del año que viene. Esto no lo pueden consentir los del año. La plaza es de ellos todas las horas de la tarde; esa es la costumbre y hay que respetarla; que corran por todo el pueblo, que vayan por las calles y callejas cantando y bailando, pero que no se entremetan, que dejen la plaza libre; y un recado de atención y de admiración es enviado inmediatamente.

Los mayordomos nuevos acatan la costumbre porque saben que los del año tienen el derecho de usufructuar la plaza en los días de fiesta; ya les llegará a ellos el turno. Y sin chistar desalojan el sitio ocupado. Seguidos de chiquillos que gritan y saltan a su alrededor desaparecen por otra bocacalle, en seguimiento de su orgía de casa en casa. Solucionado el incidente que no deja de repetirse todos los años, sigue el baile en la plaza.

Cuando cada uno ha dicho su coplilla vuelven a sonar las seguidillas, se renueva el redondel y a bailar otra vez, hasta que una señal del mayor a los músicos hace que estos cambien de aire y el remolino primero se reproduce y otra vuelta de coplillas se inicia. Dura esto toda la tarde y cuando el Sol transpone el ocaso los mayordomos hacen su retirada y el público se desbanda en busca del calor y el sustento de sus casas.

No penséis que con esto ha terminado la fiesta, no. Los mayordomos de San Sebastián son incansables, sus músculos son de acero bien templado y dentro de una hora los veréis y oiréis por las calles cantando y bailando como durante el día. Si acaso, si acaso, pasada la media noche cesara la música y se retiraran por breves horas al descanso. Pero a las siete en punto, cuando apenas el día empiece a clarear los sentiréis otra vez acudir solícitos a casa del mayor, donde siempre es la cita, bajo pena de multa que éste les impondría por su falta de puntualidad.

-No nos importa la multa- dicen ellos-porque con pagarla en paz, pero eso de que digan de que faltamos a nuestra obligación, eso no. ¡Vive Dios!

A aquella misma hora se reanuda otra vez la fiesta en este segundo día-contando con la víspera son tres-adquiere carácter de parodia. Hacen los mismo, cantan lo mismo porque el repertorio de canciones no es muy extenso, pero ellos aparentan ser otros porque van de mojiganga. Antes la mojiganga consistía en disfrazarse de otros estados; el pastor de señorito, y éste de pastor, buscando cada pareja el contraste con su estado y posición. Ahora llevan todos iguales trajes copiados de alguna estampa o revista. Se visten ya de napolitanos, ya de gallegos; bien de venecianos, bien de catalanes, ora de irlandeses, ora de húngaros. Y así continúan sus vueltas por las calles del pueblo, trasiegan la misma cantidad de vino, engullen el mismo piñonate y cortadillos y enronquecen cantando el centenario.

De «Laurel es  la rama», etc.

Por la tarde se forma el redondel en la plaza, las seguidillas se entronizan de nuevo como dueñas y señoras del corro, y el pueblo entero baila a la redonda, cuidando el mayordomo mayor de que nadie escape sin pagar la «perra», que en esta tarde ha de abonar cada pareja  de bailarines. Junto al banco donde posan los músicos se muestra orgullosa una  jarra, nunca vacía, de la que liban ansiosos los mayordomos apagando la sed que el continuo moverse les acarrea. Hace frío; el ambiente es helado, pero los cuerpos están sudorosos. Es mucho el movimiento, es mucho el trajín ardoroso que ponen en la fiesta.

Poco antes que anochezca y como fin de fiesta popular se hace el remolino. Las mocitas huyen raudas, los mozos las persiguen buscando en el barullo encontronazos y empellones que las muchachas haciéndose las asustadicas provocan, y los mayordomos en grupo compacto en medio de la plaza echan una ronda de coplillas. Burdas unas, soeces otras, ramplonas y detestables siempre van diciendo cada uno la suya o las suyas, porque los hay que no se conforman con menos de una docena. Acabadas con el día dan una vuelta al pueblo, siempre con  sus romances en la boca y a cenar  para después repetir hasta pasada media noche.

Ya está acabada la fiesta. Tanto  estos mayordomos como los del año entrante han terminado su tarea, que tarea es y buena, cumplida como una obligación impuesta por la costumbre. Los del año se van con la conciencia tranquila del deber cumplido; los entrantes se despiden hasta el año que viene. Antes han de poner el colofón a la fiesta con la merienda que en la tarde del día siguiente han de celebrar en el campo. Procuran siempre no encontrarse; y para ello, si unos se van al Norte, los otros se dirigen al Sur. Durante la mañana los mayordomos se han afanado en preparar la merienda con todo el sibaritismo de que ella son capaces, y una vez hecha, la cargan en un carro en el cual montan todos y al campo.

Y otra vez a bailar y cantar. ¡Son de bronce! Ahora son jotas que acompaña una guitarra rasgueada por uno de la compañía. Así y con muchos tragos y chistes subidos, la fiesta se desliza, hasta que las cabezas mareadas con tanto vinillo les enardece. Una libertad de cualquiera les hace estallar en risas y en aplausos, y como nada hay más contagioso que estas libertades, empieza desde aquel momento la libertad a hacer de las suyas. Libertades que las mujeres admiten y provocan, cuando no son ellas las que las que las inician y se las toman. Conforme avanza la tarde van adquiriendo los cuerpos el calor de horno y la tensión muscular llega al máximo. La soledad del campo y el calor tibio del Sol hacen lo demás y si no hubiera alguno que sobreponiéndose a sus instintos impusiera orden y serenidad acabaría aquello en una horrenda bacanal.

Gracias a Dios se impone el buen sentido, y el estomago con su imperativo de lustre nutritivo se adueña de todos y la merienda es consumida entre risas y algazara. Algún chiste picantillo celebrado y coreado, sazonan a  más la comida.

Y vueltos al carro, en cuanto anochece, se encaminan al pueblo. En medio de la plaza paran el carro y entonan la última canción de la fiesta. Y con esto dan fin ésta que los mayordomos de San Sebastián hacen en  el día de San Ildefonso.

Y el cronista viéndolos marchar alegres y confiados  en sus fuerzas, no puede menos de exclamar:

¡Andad con Dios, mayordomos de San Sebastián! ¡Adiós mayordomos  siempre jóvenes! Durante cuatro  días habéis estado en continua tensión de músculos, y aún estáis dispuestos a volver mañana al trabajo! ¡Si, mañana  volveréis a la gleba, de la que sois siervos, para sacarla el pan cotidiano que os lleváis a la boca! ¡Hombres de acero, yo os saludo! Pertenecéis a una raza inmortal e imperecedera. ¡Salud!
QUINTÍN JUAREZ




Escrito por Diego Caerols y corregido por José Manuel Valle.

1. El Castellano. 28/3/1927. Biblioteca Virtual de Castilla-La Mancha. 
2. El Castellano. 30/3/1927. Biblioteca Virtual de Castilla-La Mancha. 
La primera y última imagen es una recreación de la festividad creada por inteligencia artificial.
La segunda imagen corresponde al diario El Castellano. 28/3/1927.




 
 





Comentarios