El tamborilero de Méntrida. La flauta y el tamboril.
En ella aparece un tamborilero con una flauta de tres agujeros, acompañado por los danzantes de la localidad, ataviados con libreas o trajes de gala, que sustituyen a las actuales enagüillas blancas, comunes en otras zonas de Castilla y de España. Se trata de la única prueba existente, en forma de obra pictórica, de este tipo de músicos en la provincia, antiguos predecesores de la gaita y el tamboril.
![]() |
Danza
ejecutada con flauta de tres agujeros y tamboril (1699). Camarín de
la Ermita de Nuestra Señora de la Natividad de Méntrida |
La consulta de documentos manuscritos de localidades como Domingo Pérez, Huecas u Orgaz, junto con el estudio de piezas musicales, trasladadas a la flauta de tres agujeros a partir de melodías recogidas en cancioneros y partituras recopilados en Escalonilla y de repertorios aún vigentes en pueblos como Cabezamesada, Villacañas o Villanueva de Alcardete, confirman que, desde hace más de trescientos años, el tamborilero ha sido el principal intérprete musical en danzas y festividades.
Aunque se trata de una figura musical hoy desaparecida tanto en la provincia de Toledo como en otras provincias castellanas, la flauta y el tamboril aún se conservan en territorios como León, Zamora y Salamanca, así como en Extremadura y Huelva, además del País Vasco y Cataluña. Asimismo, pueden apreciarse vestigios más o menos recientes de esta tradición en la provincia de Guadalajara y en la ciudad de Burgos. Gracias a diversos estudios realizados por especialistas en música tradicional procedentes de Castilla y León, como Carlos Antonio Porro y Alberto Jambrina Leal, es posible constatar que también durante el siglo XVII existieron tamborileros en provincias como Palencia y Valladolid.
De la flauta a la gaita.
Según diversos documentos hallados en libros de pagos de hermandades de distintas localidades, así como en noticias publicadas en algunos diarios de la provincia de Toledo, todo parece indicar que la sustitución de la flauta de tres agujeros por la gaita y el tamboril se produjo durante el primer cuarto del siglo XIX, o incluso a finales de la centuria anterior.
Aunque en cada pueblo pudieron concurrir causas o circunstancias particulares que explicaran este relevo instrumental, la diferencia salarial entre el tamborilero y el dulzainero era notablemente favorable a este último. Esta circunstancia propició la progresiva desaparición del primero, salvo en zonas más aisladas o con menor desarrollo económico.
En la localidad vallisoletana de Torrelobatón, durante la celebración de la festividad de las Águedas a lo largo del siglo XIX, tras una presencia estable del tamborilero, se constata que en 1871 el sueldo de los dulzaineros ascendía a 100 reales, frente a los 35 reales que percibía el tamborilero. En el caso de la provincia de Salamanca, en toda la zona oriental hasta alcanzar la propia ciudad de Salamanca, la flauta y el tamboril fueron sustituidos por la dulzaina, instrumento que pasó a interpretar los toques tradicionalmente asociados al tamborilero. Esta sustitución respondió, en gran medida, a que la zona oriental de la provincia basaba su economía en la agricultura cerealista, lo que la hacía más próspera que el resto del territorio salmantino, de carácter mayoritariamente ganadero, resultando paradójico que, en la actualidad, esta situación se haya invertido desde el punto de vista económico. Posteriormente, surgieron destacadas familias de dulzaineros, como los “Pachulos”, procedentes de la localidad de Macotera, o “Los Inda de Castilla” del pueblo de Malpartida, encabezados por Indalecio Salinero. Por el contrario, desde la ciudad de Salamanca hasta la frontera con Portugal, la flauta y el tamboril han pervivido hasta nuestros días, siendo uno de los territorios referentes a nivel nacional respecto al uso y preservación del instrumento y repertorio.
Desde un punto de vista práctico, la dulzaina presenta una mayor versatilidad y potencia sonora que la flauta de tres agujeros. Aunque inicialmente, especialmente en Castilla, se trataba de un instrumento de carácter diatónico, a finales del siglo XIX fue modernizado por el vallisoletano Ángel Velasco mediante la incorporación de llaves, lo que amplió notablemente su tesitura, sus posibilidades técnicas y su repertorio. Este paso hacia el cromatismo, entre otras razones, contribuyó, en mayor o menor medida, a la pervivencia del uso de la gaita y el tamboril en Castilla durante el siglo XX.
Son, por tanto, factores tanto económicos como técnicos los que parecen haber tenido un peso determinante en el cambio generacional de los instrumentos musicales. Cabe destacar, no obstante, que no siempre se produjo un tránsito directo de la flauta y el tamboril a la dulzaina, ya que en numerosos lugares la evolución fue distinta: la flauta de tres agujeros fue sustituida por chirimías o bajones, antecesores de la dulzaina y del fagot, respectivamente. De este modo, y en función del año y del presupuesto disponible en cada localidad, llegaron a coexistir y alternarse distintos instrumentos durante las celebraciones festivas.
La compleja simplicidad.
Cuando se escucha una canción y no se retiene con facilidad, es decir, no se interioriza de forma más o menos inmediata, suele encontrarse en un ámbito sonoro distinto, alejado de las escalas de la música tonal actual, que se encuentra fundamentalmente en escalas de Do mayor o Fa mayor. Algunas melodías de flauta y tamboril pueden no ser tan “pegadizas” en el sentido contemporáneo del término, pudiéndose considerarlas como “raras” o “extrañas”, pero la realidad es que simplemente, se trata de una música anterior a nuestra época, pues la flauta de tres agujeros es un instrumento no temperado según los criterios actuales, lo que la sitúa en un sistema modal diferente.
Un ejemplo esclarecedor lo encontramos en las gaitas de fuelle en España. La gaita gallega está temperada conforme a las escalas actuales, lo que permite la interpretación de música contemporánea. Por el contrario, la gaita sanabresa responde a un sistema de afinación distinto, ajeno a las escalas empleadas hoy en día, lo que dificulta la interpretación de repertorios modernos. En resumen, no podemos tocar con un instrumento antiguo cualquier cosa, ya sea por falta de tesitura o por tener una afinación y una escala que nos imposibilita tal cosa.
En el contexto de las danzas ancestrales de la Península Ibérica, cuando una pieza musical es “simple”, de corta duración y carácter repetitivo, pueden asociarse con toda probabilidad de acierto al repertorio de flauta y tamboril. Son melodías que se adaptan perfectamente a la tesitura de la flauta de tres agujeros, como puede comprobarse en instrumentos como las gaitas charras y extremeñas o los chiflos leoneses. Circunstancias similares a la música de Méntrida, pueden observarse en localidades como El Real de San Vicente o Cabezamesada, donde aún perviven las melodías vinculadas a las danzas tradicionales.
Por otro lado, si se analizan algunas melodías propias del repertorio mentridano durante las romerías, como La Entrada o La Diana, éstas presentan una interpretación relativamente sencilla con una flauta de tres agujeros afinada en La. Éste hecho podría indicar que el instrumento utilizado en el pasado en la localidad era igual o similar al empleado en la actualidad en zonas como León, Zamora, Salamanca, Cáceres o Huelva.
Desde un punto de vista más técnico de la ejecución, el clarinete que sustituyó durante décadas a la dulzaina hasta el regreso de ésta, imitó de manera natural mediante mordentes, los floreos propios de la flauta de tres agujeros, muy probablemente sin el uso de partituras, dado que se trata de piezas transmitidas por tradición oral. Asimismo, la parte rítmica de ciertas melodías se asocia a golpes más característicos del tamboril que acompaña a la flauta de tres agujeros, utilizados como guía para que los danzantes choquen sus palos o castañuelas, y no tanto a la caja o al tambor, utilizados habitualmente para acompañar al dulzainero.
Sirva el vídeo que se adjunta a este artículo, como una aproximación a lo que pudo haber sido la música que acompañó a los danzantes en la localidad de Méntrida a finales del siglo XVII. La flauta y el tamboril, o la figura del tamborilero, constituyen hoy en día una tradición totalmente extinguida, sustituida en la música tradicional toledana por la dulzaina o el clarinete y el redoblante. No obstante, desde “Gaiteros de la Sagra” hemos querido dejar abierta una pequeña ventana al conocimiento y la comprensión de estas músicas, y quién sabe si también a una simbólica revitalización del instrumento y de su repertorio en el futuro.
Escrito por Diego Caerols y José Manuel Valle.
Video realizado por Diego Caerols y Martina Caerols. Música del video interpretada por Diego Caerols: La Entrada (extraída del Blog de la Hermandad de Nuestra Señora de la Natividad de Méntrida).
Fuentes:
Bibliografía:
- Jambrina Leal, Alberto y José Ramón Cid Cebrián. La gaita y el tamboril. Salamanca: Diputación de Salamanca, Centro de Cultura Tradicional, 1989.
- Jambrina Leal, Alberto (Consorcio de Fomento Musical, Zamora) y Carlos Antonio Porro (Fundación Centro Etnográfico "Joaquín Díaz", Urueña, Valladolid). “Pasado, presente y futuro de la flauta y el tamboril en Castilla y León”, en Revista Txistulari, nº 172 (1997/4). Pamplona: Txuntxuneroak, 19 de septiembre de 1997.
Webgrafía:
- Danzantes de Méntrida. Blog de la Agrupación de Danzantes: https://danzantes-de-mentrida.blogspot.com/2015/02/la-indumentaria-de-los-danzantes.html#more.
- Hermandad de Nuestra Señora de la Natividad de Méntrida. Blog de la Hermandad: https://mentrida-natividad.blogspot.com/p/fotografias.html.
- La flauta y el tamboril. Web de Juanma Sánchez: http://www.tamborileros.com/pdf/fyt-cyl.pdf.
Imagen del artículo y video extraído del Blog Danzantes de Méntrida.

Comentarios
Publicar un comentario